Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —En cuanto a mÃ… —prosiguió Elena—. ¡Oh! ¡Si yo supiese lo que quiero…! Quiero estar al aire libre, en los grandes espacios, sentir el beso del sol y del viento, dar algo de color a mi blanca piel… Quiero carne, y sangre… y vida. Estoy hastiada. Después de esto… no sé exactamente. Trataré de evitar que Dot secuestre a todos los cowboys para agregarlos a su séquito.
—¡Qué diversidad de gustos! —exclamó Magdalena.
—Sobre todo, Majestad, lo que deseamos es que ocurra algo —concluyó Elena, con apasionado acento.
—Querida, es más que probable que veáis cumplidos vuestros deseos —replicó sosegadamente Magdalena—. Edita, Elena ha picado mi curiosidad al citarte. ¿Cuál es tu especial anhelo?
—Majestad…, estar contigo una temporada —replicóle su antigua amiga.
En esta melancólica respuesta, que acompañó una elocuente y sombrÃa mirada, Magdalena supo distinguir la simpatÃa, la comprensión de Edita y acaso una revelación de su propio espÃritu inquieto. Esto la entristeció. ¡Cuántas mujeres habrá que ansÃen romper los barrotes de sus jaulas y carezcan de valor para hacerlo!