Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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El recuerdo de Stewart se le fue inmediatamente de la memoria al atisbar al grupo de cowboys congregados en el campo. Eran dieciséis, sin contar a Stillwell, y había igual número de magníficos caballos, relucientes y limpios, paciendo bajo la vigilancia de peones mejicanos. Se habían puesto sus mejores galas y, a los ojos de Magdalena cuando menos, parecían muy diferentes de lo que por lo general se presentaban. Para sus huéspedes, empero, eran reales y naturales; y aparecían, sin embargo, tan pintorescos que podían haber pasado por cowboys de guardarropía. Su indumento estaba constituído por sombreros con hebilla de plata y cintilla de crin trenzada, pañolillos al cuello de seda multicolor, chalecos recamados con franjas, chaparreras tarareadas, pistolones colgando de los amplios biricúes y retumbantes espuelas de plata.

Magdalena y su gente se vieron al punto rodeados de los muchachos, y sólo difícilmente lograron reprimir una sonrisa. Si a ella le parecían extraños, ¡qué no parecerían a sus huéspedes!

—¡Bravo! ¡Bravo! Ya están ustedes aquí ¿eh? —vociferó Stillwell, sujetando a Majesty por la brida—. Apearse todos… Estamos orgullosos de verles… Y, señorita Majestad, permítame que me excuse en nombre de los muchachos por ir armados… Ya sabemos que no es cortés… pero… ¡órdenes de Stewart!


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