Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¿Órdenes de Stewart? —repitió Magdalena. Sus amigos enmudecieron.
—Opino que no quiere correr el albur de que los merodeadores cojan desprevenidos a los muchachos. Y sabernos que anda operando una banda procedente de las Guadalupes. Esto es todo. No tiene ninguna importancia. Es… una sencilla precaución.
Magdalena y varios de los presentes expresaron su conformidad, pero Elena mostróse nerviosa y decepcionada.
—¡Oh! ¡Quiero que pase algo! —gritó.
Dieciséis pares de sagaces pupilas de cowboys se clavaron en su lindo y petulante rostro. Magdalena adivinó que su anhelo no tardarÃa mucho en verse satisfecho.
—Y yo también —corroboró Dot Coombs—. SerÃa perfectamente ideal correr una aventura de veras.