Bajo el cielo del oeste

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Monty se quitó el sombrero, cosa que no había hecho jamás, y el ligero instante que permaneció destocado bastó para mostrar su absoluta calvicie. Era una de las huellas dejadas en él por aquel terrible incendio de la pradera de Montana con el que había batallado para salvar la vida a una criatura. Magdalena no lo olvidaba, y le bastó el recuerdo para predisponerlo en su favor, aunque, leal con Stillwell, resolvió dejar el sentimentalismo a un lado y apelar al ingenio.

—Señorita…, señorita Hammond —comenzó tartajeando Monty—. Empiezo por saludarles con admiración a usted y a sus amigos. Link y yo nos sentimos muy orgullosos de jugar ante tan distinguida concurrencia. Pero Bill dice que usted va a hacer de caddie de su equipo, aconsejándoles cuando sea menester, y yo quiero preguntar a ustedes con todo respeto, ¿es esto justo?

—Monty, ustedes lo han de decir —replicó Magdalena—. Fue una idea mía. Si tienen el menor inconveniente, nos retiraremos. Eso me pareció justo, porque, según tengo entendido, ustedes dominan el juego y el equipo contrario no podría ni soñar en vencerles. Además, usted fue quien enseñó a Link. En mi opinión sería una prueba de deportividad por su parte el aceptar el handicap[18].


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