Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Ah! ¡Es un handicap! ¿Y por qué no empezó Bill por ahí? En cuanto ése tropieza con una palabra que es de cajón para nosotros, los jugadores, le dan mareos. Señorita Majestad, lo ha puesto usted muy en claro, y permítame que le diga que ha hecho bien en no dudar de mi deportividad. Link y yo somos así desde que nacimos, y gustosos aceptamos el handicap. Sin ese handicap, Link y yo no sentiríamos estímulo para sacar a relucir nuestro mejor juego. Y con mil gracias a usted y a sus amigos, quiero añadir que si el equipo de Bill no consiguió nunca vencernos… ahora con ustedes presenciando la partida… ¡Buena les espera!
Por fin empezó el juego. De momento, Magdalena y Dorotea intentaron dirigir los esfuerzos de sus respectivos jugadores. Mas el único visible efecto de cuanto hacían y decían era que jugasen peor. Al tercer hoyo iban ya muy atrasados y lamentablemente hechos «un lío». Entre el efecto deslumbrador de la chaqueta de Castleton —que Monty le había pedido prestada—, las vociferaciones de Stillwell animándoles como solía animar a sus caballos en las carreras y el bien intencionado clamoreo de los cowboys espectadores, sin contar la confusión dimanante de la presencia de las damas, Ambrosio y Ed Linton convirtieron el juego en una extraña parodia que acabó siendo ridícula.