Bajo el cielo del oeste

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—«Duque» —dijo. Quiera Dios que no se le ocurra al maldito cowboy llamarme siempre así—. «Duque», es posible que esta partida no sea tan importante como la política internacional u otras cosas semejantes, pero de ella depende no poca tranquilidad y bastante salud. ¿Entiende? Hace un rato que nuestros contrarios han prescindido de toda decencia deportiva. Calculo que la partida depende de mi próxima jugada. Estoy colocando mi pelota en posición tan igual a la que antes ocupaba como cabe hacerlo a simple vista. Usted, como yo, observó en dónde estaba antes. Usted es el árbitro y le considero una persona honorable. Además, nunca he visto a nadie dudar de mi palabra sin que luego lo deplorase. Por lo mismo, yo le preguntó: ¿no estaba mi pelota casi exactamente aquí?

»El sanguinario desperado sonrió alegremente al decírmelo, dejando caer la mano derecha sobre la culata de su revólver. ¡Por Júpiter! Tal como digo. Y tuve que soltar una formidable mentira.

Castleton había repetido la escena, reproduciendo hasta el tono de voz de Monty, pero era obvio que no se daba en absoluto cuenta de que el cowboy le había estado embaucando. Magdalena y sus amigos lo adivinaron, y no habiendo razón que aconsejase reserva, dieron rienda suelta a su regocijo.


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