Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Señorita Hammond…, no sabe usted cuánto siento lo ocurrido —dijo Florencia—. ¡Qué debe usted pensar de nosotros! Es verdaderamente sensible que haya tenido que sufrir semejante agravio a su llegada a este lugar. Ahora tal vez no querrá quedarse… ¡Oh, no serÃa la primera señorita procedente del Este que saliese de aquà sin conocer como somos en realidad! Señorita Hammond, Gene Stewart es un energúmeno cuando bebe; sin embargo, me atrevo a asegurar que, haya hecho lo que haya hecho, no tenÃa intención de agraviarla. En fin, ahora no prense usted más en ello. —Y cogiendo la lámpara condujo a Magdalena a un pequeño aposento—. Esto es el Oeste —dijo sonriendo, mientras con un ademán señalaba el reducido mobiliario—; pero usted podrá descansar. Se halla usted en sitio seguro. ¿Quiere que la ayude a desnudarse? ¿Puedo serle útil en algo?
—Muchas gracias; es usted muy amable —replicó Magdalena.
—Entonces, buenas noches. Cuanto más pronto me retire, más pronto podrá descansar. Olvide lo ocurrido y piense en cambio en la agradable sorpresa que dará mañana a su hermano.
Y con estas palabras salió, cerrando suavemente la puerta.