Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste No era solamente Elena quien manifestaba su admiración. Su hermana dividÃa sus emociones entre una creciente alarma por el peligro que podÃa amenazarles y el estremecimiento que le causaba el ver a Stewart en violenta acción. Sus actos tenÃan siempre un significado, pera mucho más si eran violentos. Por un momento acordóse de Stillwell y de lo que éste le dijo acerca de chanzas y enredos y burlas para distraer a sus huéspedes, pero pronto desechó esa idea. Stewart podrÃa prestarse a una broma más o menos pesada, pero estimaba demasiado su caballo para lanzarlo a una carrera tan desenfrenada sin un motivo imperioso. Esto sólo bastó para avivar la curiosidad y alarma de Magdalena. Y su alarma trocóse en verdadero terror, no tanto por sà misma como por sus invitados. ¿Qué peligro podÃa amenazarles? Salvo los guerrilleros, no se le ocurrÃa ninguno.
Cualquiera que fuese, Stewart sabrÃa afrontarlo y conjurarlo. Y al acercarse éste, dejando ver la resuelta expresión de su semblante y el fulgor de su mirada, Magdalena experimentó una extraña sensación de seguridad.
El nervudo negro estaba tan próximo a Magdalena y sus amigos, que cuando Stewart le refrenó, el polvo y la grava que sus cascos levantaban, saltaron a sus rostros.
—¡Oh! ¡Stewart! ¿Qué ocurre? —gritó Magdalena.