Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Perdone, pero tengo prisa —dijo fríamente Stewart, obligando con férreo brazo al caballo de Dorotea a doblar las rodillas. La muchacha, joven y ágil, cayó a horcajadas en la silla, mas cuando el cowboy soltó el animal, éste empezó a corvetear dando saltos de carnero. Dorotea lanzó agudos chillidos al verse por los aires, y Stewart, casi tan rápido como el caballo, se abalanzó, cogiéndola en sus brazos. La prontitud de su acción la libró de un serio percance. A no llegar a tiempo habría caído de cabeza. Manejándola como si fuese una criatura, Stewart la colocó en posición normal, dejándola de pie en el suelo. Dorotea no pensaba sino en el espectáculo que ofrecía, dedicándose a reparar el desorden de su traje de montar. Aunque la ocasión no era nada propicia, Magdalena sintió irresistibles deseos de soltar la carcajada. Además, era imposible perder la serenidad viendo la enérgica actitud de Stewart. Habiendo saltado sobre el refractario caballo de Dorotea, fue maravillosa su forma de reducirlo a la obediencia. Fue quizá cruel, mas lo fue por necesidad. Cuando devolvió la montura a la joven ésta pudo cabalgar sin peligro ninguno. Entre tanto, Nels y Nick habían puesto a Elena en su silla.

—Tomaremos el portel flanqueando —dijo concisamente Stewart, poniéndose al frente de la comitiva, que cerraron los otros cowboys.


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