Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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La distancia que les separaba del cantil de la meseta era corta, y cuando Magdalena vio el abrupto y empinado sendero sembrado de guijos y de cantos rodados, sintió un punto de compasión hacia sus huéspedes.

—¡Parece un caminito de cuidado! —observó Castleton.

Las mujeres se miraron en silencio.

Stewart detuvo su caballo en la profunda cisura de donde arrancaba el portel.

—¡Muchachos, pie a tierra y caminad despacio! —dijo desmontando—. Flo, sígueles tú, y ustedes, señoras, aflojen las bridas y aguántense a caballo como puedan. Inclínense sobre la perilla. Parece mal camino, pero los caballos están acostumbrados.

Elena seguía de cerca a Florencia; detrás, iba la señora Beck y luego Edita Wayne. El caballo de Dorotea dio una espantada.

—¡No…, no tendría tanto miedo… si se comportase mejor! —dijo ella.

Dorotea empezó a hostigarle para que tomase el sendero, consiguiendo sino que se le fuese a la empinada. Stewart lo asió Por la brida, obligándole a humillar la cabeza.

—Ponga el pie en mi estribo —dijo—. No podemos perder tiempo.

La puso sobre su caballo e inició el descenso.


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