Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Adelante, señorita Hammond. Yo tendré que tirar de este penco hasta el llano. Ganaremos tiempo.

Magdalena se consagró de lleno a la tarea de manejar su propia montura. El holladero era poco firme. Desintegrada por la acción del tiempo y de los elementos, la vereda parecía desmoronarse bajo las patas de los caballos. Alzábanse nubes de polvo; los pedruscos y lascas emprendían veloz carrera; y las púas de los cactos desgarraban las vestiduras de los jinetes y los flancos de las bestias. La señora Beck lanzó una carcajada cuya aguda nota revelaba su histerismo. Dorotea dejó escapar unos plañideros lamentos. A causa del polvo, Magdalena no podía, la mitad del tiempo, distinguir a los que iban a la cabeza. Era un polvo seco que la hacía toser. Los caballos resoplaban. Oyó cerca de ella a Stewart, cuyo caballo desencadenaba pequeñas avalanchas que lastimaban a Majesty en las cuartillas. Por fin, al disminuir la polvareda, se fue esclareciendo el aire, y Magdalena vio que los demás estaban ya en terreno llano, el cual no tardaron también en alcanzar Stewart y ella.





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