Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Cuando llegaron a la entrada de la meseta que daba enfrente del edificio del rancho y del valle, Magdalena distinguió una columna de polvo o de humo que se elevaba de una de las chozas que formaban el barrio mejicano. La débil claridad le impidió distinguir exactamente qué era. Stewart marcó un paso rápido en dirección a la casa, y minutos después estaban en el patio dispuestos a echar pie a tierra.
Stillwell salió a recibirles alegremente. Demasiado alegre a juicio de Magdalena. Igualmente notó que buen número de cowboys armados pasaban llevando sus caballos de la brida.
—¡Bravo! ¡Han tenido ustedes una excursión accidentada! —dijo Stillwell, dirigiéndose a todos—. Y a mi modo de ver, sin necesidad. Pat Hawe cree tener acorralados en el rancho a algunos forajidos. Aunque así fuese, carece en absoluto de importancia. Pero Stewart es tan particular que no quiere que ustedes se encuentren con esos pillos.
Múltiples y férvidas fueron las muestras de satisfacción de los huéspedes femeniles de Magdalena al echar pie a tierra y verse en la vivienda. La joven se rezagó para conferenciar con su intendente y con Stewart.
—Stillwell, la verdad, ¿qué pasa? —dijo concisamente.
El ganadero dio un respingo; luego se echó a reír, evidentemente complacido de su sagacidad.