Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Pues, señorita Majestad, que tarde o temprano, aunque no sé en dónde, habrá una colisión, y Stewart querÃa que estuviesen ustedes aquà antes de que ocurra. Dice que el valle está plagado de vaqueros, guerrilleros, bandidos y Dios sabe qué otras alimañas por el estilo.
Salió del porche, haciendo repiquetear sus enormes espuelas y encaminándose hacia el grupo de hombres a la expectativa.
Stewart permaneció en su atenta y habitual actitud, erguido, silencioso, con la mano descansando sobre la perilla.
Stewart, es usted desmedidamente… celoso de mis intereses —dijo ella, deseando expresar su gratitud, y a falta de palabras con que hacerlo—. No sé lo que pasarÃa si no le tuviese aquÃ. ¿Hay peligro?
—No estoy seguro, mas prefiero pecar de prudente.
Ella titubeó. Sin saber por qué, no le era tan fácil como antaño hablar con él.
—¿Puedo saber qué órdenes especiales tenÃan Nick, Nels y Monty? —preguntó.
—¿Quién dice que las tuvieran?
—Oà a Stillwell afirmarlo asÃ.
—Si usted insiste se lo diré, pero ¿a santo de qué preocuparse de lo que tal vez no acontezca?
—Insisto, Stewart.