Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¿Desde cuándo?
—Desde que la saqué a usted de las montañas, el mes pasado.
—Y ¿cuánto ha de durar?
—Es difÃcil de decir. Desde luego hasta que la revolución termine.
Meditó un instante, mirando hacia el Oeste, cuya vacÃa inmensidad Ãbase llenando de una rojiza neblina. TenÃa implÃcita confianza en Stewart, y la amenaza que sobre ella pesaba caÃa cómo una sombra sobre su felicidad presente.
—¿Qué debo hacer? —preguntó.
—En mi opinión, aconsejar que sus amigos salgan inmediatamente para el Este e irse usted con ellos, hasta que termine esta lucha de guerrillas.
—¡Stewart! SerÃa un terrible disgusto para ellos y para mÃ.
Stewart no supo qué contestar a esto.
—Será la primera vez que no sigo su consejo desde que me he acostumbrado a descansar tan en absoluto en usted —prosiguió Magdalena—. ¿No podrÃa sugerir alguna otra solución? Mis amigos lo están pasando admirablemente. Elena se pone cada dÃa mejor. ¡Oh, lamentarÃa en el alma verles marchar antes de lo que se habÃan propuesto!