Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Luego, quiso descansar un rato antes de cambiar de traje para cenar, y rendida por las emociones del día y la excitación, se quedó dormida. Cuando despertó había anochecido. Extrañada por la ausencia de su doncella mejicana tocó el timbre. Su llamada no obtuvo ninguna respuesta. La casa parecía insólitamente silenciosa. Era un silencio hosco, opresivo, que a poco vino a romper el ruido de pasos en el porche. Magdalena reconoció por ellos a Stillwell, aunque tratándose de éste, pareciéronle ligeros en demasía. Después le oyó llamar cautelosamente a la puerta de su despacho. El aire de misterio de su voz se avenía con el de sus pasos. Con un presentimiento de inminentes disturbios atravesó los aposentos, hallándole en el umbral de su despacho.
—¡Stillwell! —exclamó.
—¿Hay alguien con usted? —preguntó en voz baja.
—No.
—Haga el favor de venir al porche —añadió.
Ya afuera, pudo vislumbrar su semblante. Su grave rostro, más pálido de lo que jamás lo había visto, la impulsó a tender hacia él una mano en ademán de súplica. Stillwell se la cogió, reteniéndolas entre las suyas.