Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Stewart, no ha habido hasta hoy hombre alguno que se negase a estrechar mi mano por cualquier causa que fuera. Es… es muy poco lisonjero para mà —añadió, intentando sonreÃr—. ¿Qué motivos tiene? ¿Piensa acaso que la ofrezco de señora a criado…, de ranchera a cowboy?
—No.
—Entonces, ¿por qué? Su deuda está cancelada. ¿Por qué no refrendarlo, como entre hombres, con un apretón de manos?
—No quiero. Eso es todo.
—Cualquiera que sea la causa de su negativa, es usted poco amable —replicó—. Sin embargo, tal vez algún dÃa pueda ofrecérsela de nuevo. Buenas noches.
Stewart devolvió el saludo y dio media vuelta. Magdalena quedóse contemplando cómo se alejaba por la vereda, con la mano sobre el cuello del caballo negro.