Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Luego que Pat y los suyos se hubieron marchado —prosiguió—, celebramos un conciliábulo. Interrogamos a un mozalbete de los que trabajan en los corrales; habÃa visto como cosa de una docena de individuos —no quiso afirmar que fuesen mejicanos— atravesando los matorrales hacia la parte trasera de la vivienda. Eso fue mientras Stewart iba a la mesa. Ese mozalbete dice haber observado también cómo huÃa precipitadamente la servidumbre cerro abajo hacia el poblado. Y he aquà cómo Gene explica lo sucedido: En la lÃnea férrea los merodeadores hicieron alguna de las suyas y Pat Hawe salió en su persecución, rastreándolos hasta el rancho. Siguió acosando a la cuadrilla con todas las de la ley, y de repente se acabó el carbón. Según Stewart, esto no indica que Pat les cobrase miedo, sino que descubrió indicios o tuvo sospechas de que entre aquellos facinerosos habÃa individuos a los que no convenÃa apresar. ¿Sabes? Gene, más vivo que una ardilla, expuso entonces su plan. IrÃa a ver al padre Marcos, solicitando su cooperación para sonsacar cuanto fuera posible a sus servidores mejicanos de usted. Yo, vendrÃa con toda celeridad a poner en su conocimiento cuando ocurre y a… darle instrucciones, señorita Majestad. ¿No lo encuentra sorprendente? Bueno. Usted tiene que congregar en la cocina a todas sus amistades, alegando, con gran alarde de calma, que, vista la deserción de la servidumbre, será un regocijado entretenimiento para ellos el prepararse la cena. La cocina es el local más seguro de la casa. Mientras usted va dándoles gato por liebre y convirtiendo la necesidad en una diversión, yo apostare cowboys en el largo pasillo y en el punto en que la cocina se junta con el cuerpo de la casa. Es casi seguro que los bandidos crean que nadie sabe dónde están escondidos. Según Stewart, se han refugiado en el cuarto de la alfalfa, y en cuanto llegue la noche se escurrirán al amparo de las tinieblas. No hay ni que decir que con los muchachos y yo de guardia pueden ustedes acostarse con toda tranquilidad. Mañana despertaremos a sus huéspedes a punta de dÃa para emprender la marcha a las montañas. Prevéngales usted que antes de acostarse tendrán que preparar sus equipos. DÃgales que puesto que la servidumbre ha hecho la del humo, lo mejor será seguir a los cowboys y acampar al raso, y nada más. A poco que la suerte nos favorezca no sabrán nunca que han estado sobre un volcán.