Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Stillwell, ¿aconseja usted esa excursión a las montañas? —replicó Magdalena.
—Dadas las circunstancias y considerándolo todo… opino que sÃ, señorita Majestad. He perdido mucho tiempo explicándole la situación. ¿Está usted segura de no perder la cabeza?
—Sà —contestó Magdalena, con un denuedo que la sorprendió a ella misma.
—Ponga al corriente a Florencia. Será de una enorme ayuda para usted. Voy a buscar a los muchachos.
En vez de volver a su aposento, Magdalena salió, atravesando su despacho. Era casi de noche. Le pareció ver una sombra más oscura que las sombras circundantes moverse con sinuosa cautela; y se dispuso a cumplir con no escaso azoramiento la parte que en el plan le habÃa sido asignada. Sus pisadas eran absolutamente silenciosas. Abriendo la puerta de la cocina penetró en ella, encendiendo todas las luces. Al volver a salir, se cercioró de que, agazapada contra la pared, habÃa una masa oscura, inmóvil. Más, desconfiaba de su imaginación. Fue precisa toda su audacia para encender con indiferente naturalidad la luz del pasillo. Luego, pasando por sus habitaciones, salió al patio.