Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Riendo y bromeando, sus huéspedes entraron de lleno en el espíritu de la aventura. Magdalena se congratuló de lo perfecto de su simulación al ver que había convencido incluso a Florencia. Alegremente se precipitaron todos a la cocina. Magdalena, rezagándose en el umbral, echó al soslayo una rápida ojeada al inmenso zaguán, sin ver más que la negrura de su espacio. Súbitamente, de uno de los lados a corta distancia, asomó un pálido rostro destacando en la uniforme oscuridad. Con la misma rapidez volvió a desaparecer, no sin que diera tiempo a que Magdalena vislumbrara dos brillantes ojos, y reconociera por ellos a don Carlos.