Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Sin dar muestra de precipitación o alarma, cerró la puerta y, lenta y silenciosamente, hizo correr su pesado cerrojo. Luego, la fría sorpresa, cuya intensidad casi paralizó sus movimientos, se convirtió en cólera. ¿Cómo osaba aquel mejicano penetrar en su casa? ¿Qué fin se proponía? ¿Formaba acaso parte de la cuadrilla de bandidos que Stillwell suponía ocultos en ella? Su creciente indignación y su cólera habrían acabado por traicionarla, a no salir en aquel momento Florencia que, habiendo visto cómo aherrojaba la puerta, y adivinando algo anormal, acercábase a ella con interrogante expresión. Magdalena pudo reprimirse a tiempo. Encomendando a cada uno de sus huéspedes un menester, se llevó a Florencia a la despensa, desahogándose de su secreto en voz baja y en breves palabras. Por todo comentario la joven señaló hacia la ventana abierta, por la que se veía pasar en aquel momento una hilera de cautelosos cowboys. Magdalena sintió que la cólera y el temor la abandonaban, no experimentando sino una viva excitación.