Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Cuando el momento lo requería Magdalena sabía aparentar buen humor, y así entonces inició el abandono temporal de su gravedad, llamando a Castleton al repostero. Y he aquí que, mientras le distraía con algún fútil pretexto, imprimió las huellas de sus enharinadas manos en las espaldas de la negra chaqueta de su amigo. Inocentemente, Castleton volvió a la cocina, siendo acogida su presencia con estruendosas carcajadas. La inesperada chanza de su anfitrión animó a los reunidos, y armóse en seguida un ruidoso bullicio. Todos querían prestar su ayuda. La miscelánea de platos tan confusamente preparados, constituyó una rara minuta, que supo alcanzar, empero, general aprobación. Magdalena misma, no obstante la espada de Damocles que la amenazaba, se divirtió de lo lindo.

Era ya muy tarde cuando, levantándose de la mesa, recomendó a sus huéspedes que se retirasen a sus habitaciones, aprontasen sus trajes de montar e hiciesen un hato con lo que juzgasen imprescindible para la larga y aventurada excursión que había de constituir el clou[19] de sus aventuras del Oeste, procurando luego conciliar por breves horas el sueño hasta que los cowboys les llamasen para emprender la marcha.




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