Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena creyó haberle persuadido…, haberle impuesto su voluntad. Mas otro de sus imprevistos y raros impulsos vino a desengañarla. La apartó firmemente para poder pasar; y Magdalena, viendo que no titubearía en apartarla del sitio, dejó libre la puerta. Al llegar al umbral, Stewart se volvió hacia ella. Su rostro estaba demudado, mas la llamarada que ardía en sus pupilas era una prueba manifiesta de que a todos sus otros sentimientos se había impuesto su implacable ferocidad de cowboy.
—Echaré a don Carlos y a su cuadrilla de esta casa —declaró—. Creo poder prometerle hacerlo sin lucha. Mas… si la lucha se impone… lucharemos.