Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Esto hecho, resolvieron descansar un rato —ya vestidas con los trajes de montar—, si no para conciliar el sueño, cuando menos para relajar los músculos hasta que llegase la hora de la partida. Magdalena apagó la luz y, atisbando por entre las persianas, vio imprecisas formas de centinela en la oscuridad. Cuando se tendió en su lecho oyó apagados pasos en la vereda. Aquella adhesión a su persona la dejó henchida de gratitud, aunque el hecho de que fuera necesaria proclamaba la inminencia de aquel horrible algo que desde la vehemente exhortación de Stewart presentÃa inevitable.
Magdalena no creyó posible dormir; sin embargo, sus ojos se cerraron y le pareció que sólo habÃan transcurrido brevÃsimos instantes cuando Florencia la llamó. Al salir afuera con la joven reinaba una oscuridad precursora del amanecer y podÃa distinguir las siluetas de los enjaezados caballos que sus cowboys sujetaban.
En los preparativos de marcha adivinábase cierta precipitación y misterio. Elena, que se acercó a su hermana andando de puntillas como los demás invitados, murmuró que aquello parecÃa una evasión, y lo insólito del caso la encantaba. Los restantes se sentÃan divertidos. Para Magdalena era, en realidad, una evasión.