Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste La oscuridad no le permitía apreciar la cuantía de la escolta que acompañaba a los expedicionarios Oyó murmullos, el piafar de caballos, el tintineo de barbadas y bocados, y conoció al punto a Majesty cuando Stewart se acercó llevándoselo de la brida para que montase. Luego se dejó oír el ruido de suaves pisadas y el hipido de los perros. Fríos hocicos buscaron la caricia de las manos de Magdalena, la cual distinguía en la oscuridad las grises y erizadas formas de su jauría de zorreros rusos.
El que Stewart hubiese decidido agregarlos a la partida, evidenciaba una vez más su solícito interés por cuanto pudiera complacerla. Magdalena gozaba, en efecto, teniendo a sus perros alrededor cuando cabalgaba.
Stewart condujo a Majesty al frente de una hilera de caballos montados por sus jinetes.
—Opino que estamos a punto —dijo—. Pasaré lista. —Dicho esto, recorrió la fila, y a su regreso Magdalena le oyó decir repetidas veces—: Cada cual ha de procurar mantenerse lo más cerca posible del caballo que tenga delante y no hacer el menor ruido hasta que amanezca.
Luego un resoplido y el piafar del negro indicaron que Stewart había montado a su vez.