Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Por fin, el caballo de Stewart chapoteó en un cilanco[21], más allá del cual veÃanse trechos húmedos en la arena y otros charcos más pequeños en embalses naturales roquizos. El cowboy siguió adelante. Eran las ocho en el reloj de Magdalena, cuando al enfilar una amplia hondonada, vio caballos paciendo la escueta hierba, a cuyo alrededor varios cowboys y dos mujeres mejicanas se afanaban.
Desde lo alto, Magdalena pasó revista a su séquito mientras desfilaban ante ella. Sus invitados parecÃan de excelente humor, hablando todos a la vez.
—¡A desayunar! ¡Vivo! —gritó Stewart, sin más ceremonias.
—No es menester que me dé prisa —observó Elena—. Estoy sencillamente famélica. Este aire abre el apetito.
Magdalena observó que los demás no le iban muy a la zaga a su hermana. La indicación de premura no quitó al acto su carácter de jira campestre. Mientras los huéspedes de Magdalena comÃan, charlaban y reÃan, los cowboys cargaban caballos y burros, echando para sujetar los fardos el diamond-hitch[22], procedimiento que despertó el interés de Castleton hasta el punto de ponerse en pie, yendo de un animal a otro, taza en mano.
—Ya habÃa oÃdo hablar del diamond-hitch —observó a uno de los cowboys—. ¡No es ninguna tonterÃa!