Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste En cuanto la recua estuvo pronta, Stewart le hizo emprender la marcha para asenderear. Las laderas estaban cubiertas de una tupida vegetación, entremezclada con peñascos y cactos. El sendero parecía ir subiendo sin cesar. No era ya cuestión de procurar comodidades a Magdalena y su gente. Toda comodidad quedaba descartada. Era cuestión de hacer posible la prosecución del viaje. Florencia llevaba pantalones de montar de pana y botas altas, evidenciando una vez más las ventajas del atavío masculino. Las amazonas de las demás, salieron considerablemente malparadas de sus encuentros con las agudas púas. Magdalena tuvo que estar continuamente sobre aviso, tanto para proteger en lo posible las patas de su caballo, sorteando pasajes espinosos y saliéndose a veces del camino, cuanto para guardarse de sí misma del peligro de las ramas bajas que azotaban su rostro. La ocupación le hizo perder la justa medida del tiempo; la recua seguía llevando la delantera, y detrás las distancias se espaciaban cada vez más entre los distintos miembros de la expedición. A mediodía, abandonaron los cerros para emprender el verdadero ascenso de la montaña. El sol caía sobre ellos con violencia. La escasa brisa no era suficiente para disipar el polvo que se cernía como un palio. La vista era muy restringida y el escaso panorama que divisaban monótono y unicolor; una desolada uniformidad de graduales declives flanqueados de cañones rocosos.