Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Luego, Magdalena recordó de nuevo el hecho que habÃa experimentado la noche precedente, esto es, que existÃan emociones a las que habÃa permanecido ajena hasta entonces. No pretendió analizarlas, pero ejerció sobre sà misma un tan acerbo dominio que al acabar de vestirse era exteriormente la de siempre. Apenas recordaba ocasión en la que tuviera que reprimir sus emociones. En su vida no habÃa sufrido trastornos, ni excitaciones, ni aventuras desagradables. Ella lo tenÃa todo ordenado…, tranquilo, lujoso, brillante, diverso, dentro de una constante uniformidad.
No le sorprendió ver lo avanzado de la hora, y se disponÃa a preguntar por su hermano cuando la contuvo una voz. Reconoció a Florencia Kingsley interpelando a alguien afuera, y su acento tenÃa un tono de acrimonia, no advertido hasta entonces.
—¿De manera que has vuelto? Bien está. No pareces muy satisfecho de ti mismo. Gene Stewart, pareces un coyote.
—Escucha, Flo. Podré parecer un coyote, pero no pienso escurrir el bulto —dijo.
—¿A qué has venido? —preguntó ella.
—Ya anuncié anoche que volverÃa para tomar mi medicina.