Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Media hora después la joven oyó el grato clip-clop de caballos en el portel. La vasta tienda estaba brillantemente alumbrada por varias linternas. Edita y Florencia la acompañaban. Afuera, la oscuridad era tan intensa que no permitía distinguir cosa alguna a dos pasos. El viento ululaba entre los árboles, y gruesas gotas de lluvia comenzaban a batir la lona.
Los caballos se detuvieron ante la puerta, y se oyó la confusión y rumor de voces y sonidos de un grupo que echa pie a tierra en la oscuridad. La señora Beck entró corriendo y sin aliento, radiante por haberle ganado la mano a la tormenta. Elena la siguió, y algo después Dorotea, con un intervalo más que suficiente para que fuese notada su llegada. En cuanto Magdalena vio sus chispeantes ojos, tuvo la certeza de que había ocurrido algo inusitado. Fuese lo que fuese, tal vez hubiese pasado sin comentario, de no haberse dado cuenta también Elena del insólito aspecto de Dorotea.
—¡Dios nos valga, Dot, qué guapa estás algunas veces —exclamó—, cuando consigues poner un poco de animación en los ojos y en la cara!