Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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En su nuevo modo de ser adivinó Magdalena una marcada tendencia a imponerse y a empuñar las riendas del poder en cualquier momento. Encontróse luchando lealmente y con denuedo en pro de lo que su inteligencia y buen sentido le decían no ser más que una romántica concepción del cowboy, y razonaba: si Stewart era el género de hombre que su femenil escepticismo quería suponer, no se hubiera mostrado tan insensible a las coquetas insinuaciones de Dorotea y de Elena. Antaño fue… no quiso recordar lo que había sido. Pero… estaba regenerado. Magdalena Hammond lo declaraba. Su altivez contendía con su instinto. Y su instinto de mujer leal, le decía que el cowboy era incapaz de semejante deshonor. Se reprochaba incluso el haberlo podido pensar.

Una tarde, sobre los riscos se abatió una nube que amenazaba tormenta. Ensombrecióse el declinante sol, y sobre el parque extendióse un velo de sombras. Magdalena experimentó un cierto desasosiego porque varios miembros de la expedición, incluyendo a Dorotea y Elena, que habían marchado a caballo con los cowboys al empezar la tarde, no estaban aún de regreso. Florencia procuró tranquilizarla, asegurando que aun en el caso de que no regresasen antes de desencadenarse la conflagración, no había el menor motivo de alarma. No obstante, Magdalena hizo llamar a Stewart, rogándole que fuese o enviase alguien al encuentro de la partida.


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