Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Dorotea hurtó el rostro a las miradas de los demás, y acaso fue pura casualidad la que hizo mirarse en un espejo que colgaba de la lona. Rápidamente se llevó la mano a la mejilla, para palparse un rojizo y amplio rasguño. Dorotea era en extremo cuidadosa de su aterciopelada y blanca tez. Y aquella señal desfiguraba su belleza.
—¡Hay que ver! —exclamó desolada—. ¡Qué cutis!
—¿Cómo te has hecho semejante cosa? —preguntó Elena, acercándose.
—¡Me han besado! —declaró dramáticamente Dorotea.
—¿Qué? —preguntó Elena, entre generales carcajadas.
—Me han besado… Uno de esos cowboys sin modos ni vergüenza, me ha besado… y achuchado de mala manera… Estaba tan oscuro que no podÃa distinguir nada… Y la confusión de ruidos y voces me aturdÃa… Alguien quiso ayudarme a bajar del caballo…, se me enganchó el pie en el estribo y… ¡patatrás!…, me fui de cabeza, cayendo en brazos de no sé quién. Entonces el grandÃsimo… bellaco, aprovechó la ocasión. Me estrujó como un oso, besándome de un modo terrible… Yo no podÃa mover ni un dedo… ¡Estoy furiosa!
Cuando se calmó la risa general, Dorotea volvió sus ojazos hacia Florencia.