Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¿Es costumbre entre esos cowboys tomarse libertades semejantes con una muchacha desprevenida… y a oscuras?
—¡Naturalmente! —replicó Florencia, con franca sonrisa.
—Pero ¿qué otra cosa podÃas esperar, Dot? —preguntó Elena—. ¿No estabas deseándolo?
—¡No!
—Pues… ¡cualquiera lo hubiera dicho al verte! ¡Es la primera vez que te pones furiosa por haber recibido un beso!
—No… no me habrÃa importado tanto si… el bárbaro me hubiese desollado el carrillo. ¡TenÃa unas mejillas como papel de estraza! ¡Y cuando quise apartarme estregó la mÃa…!
La confesión de la verdadera causa de enojo desternilló de risa a sus amigos.
—Dot, estoy de acuerdo contigo. Una cosa es recibir un beso y otra que le estropeen a una el cutis —replicó Elena—. ¿Quién fue el salvaje autor del atentado?
—¡No lo sé! —gritó Dorotea—. Si lo supiera… le… le…
Su mirada expresó la severidad del castigo que sus labios no acertaban a concretar.
—Di la verdad, Dorotea. ¿No tienes idea de quién fue? —insistió Elena.