Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Creo…, supongo ¡qué fue Stewart!
—¡Ay, Dorotea! Tu imaginación te engaña. Deploro echar por tierra el castillo de tus dorados sueños, pero Stewart no… fue… no pudo ser el ofensor… o el héroe.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Dorotea, arrebolándose.
—Porque hoy a las doce, antes de que emprendiésemos la marcha, Stewart estaba afeitado, mondo y lirondo como un huevo. Recuerdo perfectamente lo lisa y suave que me pareció de aspecto su piel.
—¿Ah, s� Pues ya que tan buena memoria tienes y tan observadora eres, quizá puedas decirme cuál de ellos iba hoy sin afeitar.
—Es una sencilla cuestión eliminatoria —replicó alegremente Elena—. No fue Nick, ni Nels, ni Frankie. Con nosotros no venÃa más que otro cowboy con unas barbas negras y tan recias que se asemejaban a los cactos del camino.
—¡Ya me lo temÃa yo! —gimió Dorotea—. Ya sabÃa que tarde o temprano habÃa de hacerlo… ¡Ha sido ese horripilante demonio de Monty Price!