Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Lugar favorito de Magdalena en sus ratos de ocio era una especie de umbrío hornacho, en los riscos que miraban al Este. Desde allí la vista era por completo distinta de la que se gozaba desde el Oeste. No era roja, blanca y fulgurante, ni tan cambiante que fatigase la atención. Hacia el Este el panorama era de montañas y valles en los que no faltaban trechos áridos; al lado de las verdes extensiones de nos y abetos y el sosegado gris de los picachos. Recios y rugosos eran los rasgos de aquella montañosa región, mas estaban cerca, no inconmensurablemente lejanos e inalcanzables como el desierto. Allí, a la sombra plácida de la tarde, solían acudir Magdalena y Edita para tenderse bajo un árbol de ramas muy bajas. Hablaban poco, dejándose vencer por el extraño conjuro de la montañosa soledad y del crepúsculo. En el valle divisábase una bruma calina; sobre los picachos los blancos jirones de nubes parecían estacionarse inmóviles; un águila surcaba el firmamento; el silencio era la total carencia de sonido peculiar de las grandes alturas, y el suave céfiro llevaba en su hálito el fragante incienso de los pinos.
Una de las tardes, empero, Edita pareció dispuesta a conversar.
—Majestad, pronto tendré que volver al Este. No puedo permanecer aquí indefinidamente. ¿Vendrás conmigo?