Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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A las pocas horas de esta conversación con Edita, Boyd Harvey, sentado al lado de Magdalena en el herboso promontorio que daba al Oeste, insistía una vez más en su afable galanteo. De pronto la joven se volvió hacia él, diciendo:

—¡Boyd! Si me casara con usted, ¿se sentiría dispuesto a… pasar gustosamente el resto de su vida aquí en el Oeste?

—¡Majestad! —exclamó. La sorpresa se reflejaba en su voz, habitualmente tan bien modulada, como se reflejaba en su guapo semblante, de ordinario tan indiferente. La pregunta le había sobresaltado. Ella le vio mirar hacia los grises acantilados, por encima de las áridas laderas y de las lomas cubiertas de cedros, hacia los cerros cubiertos de cactos, y al ceñudo y trágico desierto. A la sazón, sus rojizos velos de neblina polvorienta, su ilimitada desolación de tierra convulsa y baldía eran un siniestro espectáculo—. No —replicó, con un punto de rubor en las mejillas.

Magdalena no añadió una palabra, ni él despegó los labios. Había evitado el tener que rechazarle, y estaba casi cierta de que no volvería a insistir. Esta convicción causábale a la vez alivio y pesar. Un pretendiente humillado no es por lo general un buen amigo.


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