Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Luego pensó en cosas que se debÃan tal vez exclusivamente a sus propias y extrañas ideas. La piel de Boyd Harvey no tomaba el curtido del sol y de los vientos del Oeste. Sus manos eran más blancas que las suyas, y más suaves. Eran manos próceres, y Magdalena recordó el especial cuidado con que las atendÃa. Ello era la prueba de su ociosidad. Su figura era talluda, elegante, graciosa, sin la menor traza de rudeza. En los deportes no habÃa ido más allá del yachting. AborrecÃa cuanto implicara esfuerzo o actividad. Montaba poco, no gustaba del automovilismo sino con moderación, repartÃa su tiempo entre las playas de moda americanas y europeas. No daba un paso si podÃa evitarlo, y no tenÃa más ambición que la de pasar los dÃas lo más agradablemente posible. Su tuviera hijos serÃan la copia exacta de su padre, con la única diferencia de representar un paso más hacia la inevitable extinción de su raza.
Magdalena volvió al campamento en un estado de ánimo propicio para un vivo y acentuado contraste. Y ocurrió —fatalmente, quizás— que la primera persona en quien sus ojos toparon fuese Stewart. Éste acababa de llegar, y al verla se acercó a explicarle que procedÃa del rancho a donde fue a recoger correspondencia urgente, por la que ella habÃa manifestado ansiedad.
—¡Ida y vuelta en un dÃa! —exclamó Magdalena.
—Sà —replicó—. No es cosa del otro jueves.