Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¿Por qué no envió usted a cualquiera de los muchachos, dejando que hiciese la usual jornada de dos dÃas?
—Estaba usted inquieta por lo que pudiese contener su correo —contestó, brevemente, entregándole el fajo de cartas. Luego se inclinó para examinar las cuartillas de su caballo.
Estaban en pleno verano, pensó Magdalena, y en el portel abajeño[24] el calor y el polvo eran seguramente sofocantes. Stewart habÃa hecho el viaje de ida y vuelta en menos de doce horas. Excepto su fornido negro o Majesty no habÃa en el equipo un caballo capaz de soportar la caminata; y su montura mostraba las señales de la dura jornada. Estaba cubierta de polvo que el sudor habÃa convertido en fango, y su cansancio y cojera eran evidentes.