Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Por el aspecto de Stewart, Magdalena dedujo que debió ahorrar al caballo el peso de su persona durante no pocas millas de la penosa ascensión. Su calzado era una prueba de ello. Su áspera camisa de franela empapada de sudor, estaba adherida al cuerpo, poniendo de relieve el menor movimiento de los poderosos músculos de los hombros y los brazos. Su rostro, salvo las sienes y la frente que aparecían de un rojo vivo, estaba negro. Al terminar el examen de la lastimada cuartilla, desensilló. El animal sacudióse y echó a andar en dirección al abrevadero. Stewart le dejó saciar algo su sed, apartándolo luego a viva fuerza con férreos brazos. El gesto impresionó a Magdalena, dándole una extraordinaria sensación de la potencia muscular del hombre. Las muñecas al aire, las manos fuertes, capaces, recias, que acariciaban al caballo estaban llenas de durezas y uno de sus dedos aparecía vendado. Eran manos en las que había tanta suavidad y afecto por el animal como fuerza para impedir que bebiera con exceso en un momento inoportuno.