Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste De regreso del río, acababa de montar mi caballo con la muchacha a grupas, cuando dimos de manos a boca con la cuadrilla de bandoleros cuya llegada me había anunciado el difunto. Por la situación desventajosa en que me cogían tuve que contentarme con tumbar solamente a los cinco con la carga que mi revólver me permitía y emprender la fuga. Tras de mi echó a correr toda la banda, persiguiéndome durante varias millas y obligándome, al salvar una loma, a meterme entre una manada de búfalos. Antes de que pudiese remediarlo, las bestias salieron de estampida, con nosotros en medio. Los feroces animales nos rodeaban. Comprendí que corríamos algún peligro. Pero la muchacha puso toda la confianza en mí. Me di cuenta de ello por la forma en que me abrazaba, chillando. ¡Estaba enamorada de mi! Al poco rato me era ya difícil sostener en pie a mi caballo. Mi vista no abarcaba sino una masa de polvorientas gibas negras y peludas. Una inmensa nube de asfixiante polvo nos envolvía. El estruendo de los desenfrenados cascos era horrísono. Mi caballo empezó a flaquear, tambaleándose… arrastrándome… hasta hacerme caer, sin soltar a la muchacha, sobre los lomos de los búfalos.