Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Castleton se ofreció a ayudar a los farderos, y éstos le contestaron secamente que más estorbaría que otra cosa. Los amigos de Magdalena la acosaban a preguntas: ¿Había peligro? ¿Se acercaban los guerrilleros? ¿Emprenderían al punto el camino del rancho? ¿A qué se debía el súbito cambio sufrido por los cowboys? La joven contestaba a todos lo mejor que podía; mas sus respuestas no eran sino simples conjeturas; y algo suavizadas aún para acallar los temores de sus huéspedes.
Pronto reaparecieron los cowboys, montados a pelo y aballando ante sí las remontas y los rucios. Algunos de los caballos fueron segregados del grupo, sin duda con la idea de ocultarlos en alguna profunda caverna entre los riscales. La recua de burros y sus hatos avanzó hacia el portel, conducida por un cowboy. Nick Steele y Monty regresaron. Luego apareció Stewart por la escotadura de los acantilados.
Inmediatamente ordenó que se trasladase todo el bagaje de Magdalena y sus huéspedes a la cumbre de la escarpa. Fue una tarea estrenua que requirió el empleo de los lazos para izar hasta allá los efectos.
—Prepárense para ascender —dijo Stewart, dirigiéndose al grupo.
—¿A dónde? —preguntó Elena.
Y Stewart señaló la escarpadura, con un ademán que fue acogido con exclamaciones de espanto.