Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Señor Stewart, ¿hay algún peligro? —preguntó Dorotea, con temblona voz.
Era la misma pregunta que Magdalena tenÃa a flor de labios, pero que no se atrevió a formular.
—No; no hay peligro —replicó Stewart—, mas estamos tomando las precauciones que hemos estimado procedentes.
Dorotea expresó en voz baja su convicción de que Stewart no decÃa la verdad. Castleton hizo otra pregunta, y Harvey le imitó. La señora Beck, tÃmidamente, expuso una idea.
—¡Por favor, esténse quietos y hagan lo que se les dice! —exclamó Stewart secamente.
Cuando los últimos fardos estuvieron ya en la escarpa, Monty se acercó a Magdalena, sombrero en mano. Su semblante parecÃa el de siempre, y, sin embargo, era un Monty por completo distinto.
—Señorita Hammond, quisiera poner en su conocimiento que renuncio a mi empleo —dijo.
—¡Monty! ¿Qué significa…? ¿Qué pretenden Nels y usted…? ¡Ahora que nos amenaza un peligro…!
—Nos vamos; nada más —replicó brevemente Monty. Estaba sombrÃo y rÃgido. No podÃa permanecer quieto. Sus miradas erraban sin cesar de un punto a otro.
Castleton se levantó de un salto del tronco sobre el que descansaba.