Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste El ardiente gozo de la joven se trocó en aprensión. ¿Iba a ver a su hermano actuando con la violencia que ella creía ahora natural en todo cowboy? El ruido de patadas cesó ante la puerta. Mirando al exterior, Magdalena vio a un grupo de nerviosos caballos pateando la arena y engallando las cabezas. Su anhelante mirada recorrió los ágiles jinetes, tratando de descubrir entre ellos a su hermano. Mas no lo consiguió. Todos tenían el mismo duro aspecto y vestían el mismo basto indumento que caracterizaba al cowboy Stewart. Luego, uno de ellos dejó la brida, saltó de la silla y corrió, dando brincos, a la escalerilla del porche. Florencia le recibió en la puerta.
—¡Hola, Flo! ¿Dónde está? —preguntó ávidamente, mirando por encima de su hombro para descubrir a Magdalena. Luego se acercó a su hermana. Ésta difícilmente lograba reconocer la alta figura y el atezado rostro; sólo encontraba familiar el vivo fulgor de sus ojos azules. En cuanto a él, no dudó ni un instante, porque con cálido ademán de bienvenida la abrazó, cogiéndola luego por los hombros para mirarla detenidamente.
—¡Bravo, hermana!… —comenzó diciendo, cuando Florencia, yendo precipitadamente a la puerta, le interrumpió.
—Al, creo que deberías poner fin a la discusión de ahí fuera.