Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Duque, he visto en mi vida muchachos despabilados, pero usted se lleva la palma. Es maravilloso lo sagaz que es. Nos ha comprendido a Nels y a mà perfectamente. Le digo a usted, Duque, que si consigue escurrirse de que se lo lleven a Méjico y le cosan a un cacto tendrá una estupenda historia que contar a sus amiguitos de Londres. ¡Por Júpiter! Podrá jactarse de haber visto a dos veteranos gunmen correr como conejos despavoridos ante una cuadrilla de peones mejicanos. ¡Cómo hay infierno que sÃ! A no ser que mienta, como en aquella ocasión del león y la lanza… Esa historia…
—¡Monty! ¡Cierra el pico! —conminó Stewart, acercándose. Y Price se alejó, mascullando imprecaciones.
Magdalena y Elena, ayudadas de Castleton, procuraron tranquilizar a Dorotea, lográndolo al fin, no sin alguna dificultad. Stewart pasó varias veces por su lado sin advertir su presencia, y Monty, que tan ridÃculamente ávido habÃase mostrado de rendir a Dorotea las menores atenciones, ni la veÃa siquiera. En el caso de Monty, el hecho resultaba más que grosero. Magdalena no sabÃa cómo interpretarlo.
Stewart ordenó a los cowboys que fueran a situarse en el cantil de la escotadura de la escarpa, y sostuviesen las cuerdas anudadas. Luego, con muy poca ceremonia, empujó a las mujeres hacia la tosca graderÃa de piedras.