Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste No fue ciertamente un animado grupo el que los cowboys dejaron en la laderÃa. Castleton consiguió persuadir a sus compañeros de que tomasen alimento.
—¡Es sencillamente enorme! —murmuró Elena.
—¡Es horroroso! —gimoteó Dorotea—. Y tienes la culpa tú, con tus deseos de que ocurriese algo.
—A mi entender, es una horrible jugarreta de esos cowboys —opinó la señora Beck.
Magdalena aseguró a sus amigos que no eran vÃctimas de ninguna pesada broma, pero que, aun deplorando las incomodidades y la inquietud, no creÃa que hubiera motivo para alarmarse. SentÃase más inclinada a una evasiva amabilidad que a una sincera confesión, pues en el fondo estaba francamente desasosegada. El rápido cambio de actitud y de aspecto de sus cowboys habÃa sido para ella un rudo golpe. Y la última impresión que conservaba de Stewart, cuyo semblante aparecÃa triste y desencajado por la preocupación, confirmaba sus presentimientos.