Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Las tinieblas les envolvieron con insólita rapidez; los coyotes elevaron su obsesionante y tétrico aullido; las estrellas fueron apareciendo en el firmamento; y el viento gemía a través de las copas de los pinos. Castleton parecía inquieto. Se paseaba de acá para allá en la estrecha plataforma roqueña donde sus compañeros, apiñados, permanecían sentados lamentando la situación, y finalmente se acercó al borde o cantil de la escarpa. Debajo los cowboys habían encendido una hoguera que proyectaba un haz de luz, parecido a un inmenso abanico resplandeciente. La exigua figura del inglés se recortaba neta contra el fondo de claridad. Curiosa y también inquieta, Magdalena se unió a él, mirando hacia la base de la escarpa.
La distancia era corta, y ocasionalmente podía oír palabras sueltas de la conversación de los cowboys. Éstos estaban preparando su cena con absoluta calma. La joven notó la ausencia de Stewart, y se lo hizo observar a Castleton. Silenciosamente éste señaló casi en línea recta hacia abajo, y allí, en la penumbra, estaba el cowboy, con los dos perros a sus pies.