Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Claro que lo es! —interrumpió Nels—. Aunque tiene un rato largo más agallas de las que tú supones, Gene. No soy tan duro de mollera. Por nada del mundo quisiera que la señorita Hammond presenciase una trifulca, y menos aún que nos viese a Monty y a mÃ… en acción. Tanto él como yo estamos a tu lado, Gene… hasta cierto punto. Con tu permiso te diré que estás que bebes los vientos por la señorita Hammond, aunque, a mi juicio, exageras mucho en tu empeño de no herir sus sentimientos o de evitarle la vista de un poco de sangre. Estamos en un mal aprieto, y para salir de él quizá tengamos que acabar a tiros. ¿Sabe, señor? Pues, si llega el caso… tú verás cómo la señorita Hammond no cae de espaldas ni mucho menos; más aún, te apuesto un millón de pesos a que si te olvidas un poco de ella y te «metes en faena» como te he visto meterte algunas veces…, bueno, yo sé lo que pensará de ti. Este mundo no ha cambiado, Gene. Podrá haber mujeres de piel más blanca y de sentimientos más refinados y suaves que otras, pero todas son iguales cuando ven a un hombre. Gene…, te ha llegado la ocasión. Deja que don Carlos se presente. Acógele extremando la finura. Si él y su tropa vienen hambrientos… dales de comer. Incluso aguanta un poco sus impertinencias. Si su cuadrilla se apodera de algo…, haz la vista gorda. Dales a entender que las mujeres están ya en el rancho, y si dice que mientes…, o si se atreven a mirar a su alrededor buscándolas… trátale como trataste a Pat Hawe. Monty y yo te guardaremos la retirada, y si no sale bien la farsa, si don Carlos o su gente se atreven a pensar en que llevan armas… abriremos el fuego. Y aprovecho la ocasión para decir que si sus peones resisten un verdadero fogueo serán los primeros que he visto.