Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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A fin de substraerse al recuerdo de Stewart y dominar la cólera que contra sí misma había provocado el cowboy, Magdalena procuró concentrar su mente en otras cosas. Pero la persistencia de aquella idea era constante y producíale cada vez en su pecho una angustia, una conmoción difícil de subyugar. Le era imposible coordinar sus pensamientos. De día había sido para ella más hacedero olvidar la inconcebible falsedad de Stewart luego de reconocida; mas por la noche, en aquel extraño silencio y aquellas densas sombras, con las estrellas llamándola con su continuo centelleo, con el gemido del viento entre los pinos, y el melancólico aullido de los coyotes en lontananza, se sentía incapaz de dominar sus ideas y sus emociones. El día era práctico, frío; la noche extraña y tensa. En la oscuridad se le antojaban reales ciertas fantasías que a la luz del sol habría desechado por absurdas. Contendía con una obsesionante idea. Había oído inadvertidamente la conversación de Nels y de Stewart: luego había escuchado, ansiosa de saber algunas noticias buenas o malas; y las oyó de ambas clases, logrando esclarecer algo de la complejidad de motivos que determinaban la conducta de Stewart. El cowboy quería evitarle el espectáculo de algo que pudiese ofenderla, disgustarla u horrorizarla. Sin embargo, ese Stewart, que mostraba sentimientos tan finos que aun a Boyd Harvey hubiesen podido servir de ejemplo, se reunía secretamente con la linda y disoluta Bonita. Como siempre, al llegar a este punto, la sensación de vergüenza, abrasadora como un torrente de fuego, oscurecía bruscamente la mente de Magdalena.


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