Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Era una sensación insoportable, sobre todo porque no podía vencerla ni explicársela. Pasaron las horas, y, por fin, al empezar a palidecer las estrellas, se quedó dormida.

Pronto la sacaron de su sueño. El nuevo día clareaba, brillante y frío. El sol aún no había traspuesto los riscos del Este. Ambrosio y varios de los cowboys traían cubos de agua del manantial, café caliente y galletas. La pequeña banda parecía no haber sufrido mucho con las incidencias de la noche. El frugal desayuno hubiera transcurrido incluso alegremente a no haber Ambrosio recordado la conveniencia de guardar silencio.

—Abajo están esperando visita —dijo.

Esta indicación y el modo sumario con que los cowboys trasladaron a los excursionistas a una mayor altura entre los semidesmoronados bancos roqueños, causó una recrudescencia en su ansiedad.

Magdalena se negó a abandonar el parapeto de la escarpa desde donde podía dominarse el antiguo campamento. Viendo que el lugar, a más de su ventaja como atalaya, ofrecía adecuada protección, Ambrosio accedió, aunque colocando a la atemorizada Christine junto a Magdalena y quedándose él también a su lado.

—Ambrosio, ¿cree usted realmente que vendrán los guerrilleros? —preguntó Magdalena.


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