Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —SÃ. Lo sabemos. Nels llegó hace poco, diciendo que estaban en camino. Señorita Hammond, ¿puedo confiar en usted? ¿No dejará escapar ningún grito si abajo empiezan a pelear? Stewart me ordenó que la escondiese en forma que no pudiera ver lo que ocurra, y que si lo intentaba se lo impidiera.
—Prometo no hacer el menor ruido —replicó Magdalena.
Magdalena arregló su abrigo de manera que pudiese descansar, y sentóse allÃ, esperando los acontecimientos. Detrás de ellos se oyó ligero ruido de pasos. Era Elena, que iba seguida de un perplejo y conturbado cowboy. La joven se acercó a Magdalena, agachándose y diciendo:
—¡Estoy resuelta a ver lo que pasa, aunque perezca en la demanda! Si tú puedes soportarlo, yo también. —Estaba pálida y con los ojos desmedidamente abiertos. Ambrosio, juzgando inútiles las palabras, se dispuso heroica y resueltamente a llevarse a Elena. La cogió por un brazo.
Furiosa, relampagueantes los ojos, la joven dijo con sibilante murmullo:
—¡Suélteme! ¡Majestad! ¿Qué pretende este idiota?