Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena se echó a reír. Conocía a su hermana y no le pasó inadvertido el murmullo en un trance en que Elena, de ordinario, habría hablado imperiosamente y recio. Magdalena le explicó la situación y sus exigencias.
—Tal vez eche a correr, pero no chillaré —aseguró Elena. Ambrosio tuvo que contentarse con eso y dejarla permanecer allí, aunque acomodándola en un lugar más adentrado que el que Magdalena ocupaba y donde corría menos peligro de ser vista. Severamente les recomendó silencio, y, luego de detenerse un segundo para tranquilizar a Christine, volvió junto a Magdalena. Al cabo de un momento murmuró:
—¡Oigo caballos! ¡Los guerrilleros se acercan!
El apostadero de Magdalena estaba bien disimulado a la vista de los de abajo. Ella podía atisbar por una especie de parapeto, a través de las copas de los pinos que poblaban la vertiente, logrando dominar así todo el campamento y sus alrededores inmediatos, excepto los sectores algo apartados de la derecha y de la izquierda, por impedírselo el follaje. Al momento, el tableteo de herraduras aceleró los latidos de su corazón, e hízola mirar con más vivo interés a los agrupados cowboys.