Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Aunque sospechaba la línea de conducta que Stewart y los suyos adoptarían, quedóse pasmada ante la absoluta indiferencia que observó en ellos. Frank estaba o parecía dormido. Tres cowboys atendían perezosa y despreocupadamente a los quehaceres del campamento, cociendo galleta junto a la hoguera, vigilando las ollas, lavando tazas y potes. El ostentoso servicio de aluminio que se empleaba para Magdalena y sus amigos, había desaparecido con los demás trebejos y enseres de su campamento. Nick Steele, retrepado contra un árbol, fumaba plácidamente su pipa; otro cowboy acababa de reunir los caballos, con el fin de ensillarlos. Nels se mostraba muy atareado con un fardo. Stewart liaba un cigarrillo. Monty no tenía, por lo visto, ocupación de mayor urgencia que silbar, lo que hacía con más vigor que melodía. El conjunto era de despreocupada indiferencia.
El acompasado ruido de las herraduras de los caballos sonaba más recio aunque más lentamente. Uno de los cowboys señaló el portel, hacia donde varios de sus camaradas volvieron un momento las cabezas, reanudando luego sus ocupaciones.
A poco, un peludo y polvoriento jamelgo montado por un escuálido y andrajoso individuo, cetrino de color, apareció en el campamento y se detuvo. Le siguió otro y luego otro. Después apareció una hilera de caballos, con jinetes mejicanos, deteniéndose detrás del que parecía ser su caudillo.